martes, 22 de abril de 2008

ANGELMÓ


Lanchas chillotas llegan con primicias marinas:
mejillones que entreabren sus dos ásperas valvas,
débiles velas que hacen trayectorias extensas,
historias de pincoyas que danzan sobre el agua.
Miro el mar, las espumas que en el piélago
dejan sus blancas señas,
y trato de no ser, de no pensar, de hundirme
como el canto en la pluma de un ave sin garganta.
Rostros rojos, pupilas vacías, cortos miembros
elevan la armadura calcárea del molusco
y el mar toca los pies del fugitivo isleño
como plegaria u orden, como rival o amante;
solo que tú no estás,
solo que el viento aulla.
Angelmó eleva su amplia, húmeda arboladura
y a sotavento zarpa mi corazón ahora.
Las ruedas de las carretas llegan hasta el mar;
los caballos dejan sus remos en el mar;
el día de empapado gris sacude el cielo
y las primeras gotas caen sobre los barcos.
¿Debo permanecer , seguir observado el cielo
para que el agua caiga como llanto en mis ojos?
¿Debo hundir una mano en el piélago obscuro
tal como el sentimiento se anega en tu memoria?
Nada puedo decir; solo pienso
que los chillotes deben traerte desde el mar,
semejante a un botín prodigioso;
igual que una deidad marina,
de la misma manera que un mágico despojo.
pagaría con sangre tus sonrosados labios
y con llanto la líquida luz de tus pupilas.

FERNANDO LAMBERG, 2008