jueves, 24 de abril de 2008

LA CONSTRUCCIÓN DE LAS CÚPULAS


Un edificio majestuoso se eleva con una cúpula.
La revolución se hunde con ella.
Pensemos en las grandes cúpulas:
la de Santa Sofía en Estambul,
la que proyectó Miguel Ángel para la cúpula de San Pedro,
la de Taj Mahal en India.
Hermosas, imponentes, imprescindibles
exhiben bajo la bóveda del cielo azul su belleza
pero la revolución las rechaza
porque toda cúpula la aplasta.
Veamos el proceso perverso de la construcción.
Desde el fondo, del barro, de la piedra
comienza a surgir un edificio
elevado por incontables manos.
Sus ladrillos se pueden teñir de sangre;
caen combatientes de los andamios.
La oligarquía intenta tumbar las murallas
pero los muros siguen subiendo
y de pronto comienzan su labor desde dentro
fuerzas que se apoderan de la arquitectura,
poderes que controlan la ingeniería.
Es una ínfima minoría
que pretende representar a todos,
unos escasos que se declaran multitud,
un grupo que se autodenomina muchedumbre.
Y comienzan a apagar las antorchas recientes.
El joven edificio se vuelve pretérito.
El impulso al futuro se torna arqueológico.
Los pocos números instalados en la cúpula
condenan a los demás al silencio,
a la inacción,
a la ignorancia de los pactos secretos.
Compañero, cuidado
porque la fuerza del barro original puede convertirse
en el frágil caparazón de una cúpula que revienta
arrastrando consigo
los incontables albañiles que con sudor y sangre
levantaron los muros del edificio.

FERNANDO LAMBERG, ABRIL DE 2008