jueves, 24 de abril de 2008

LA EPOPEYA DEL 13 DE ABRIL


El trece de Abril un pueblo sin armas salió a combatir;
el trece de Abril un pueblo sin armas salió a defender
su profundo derecho a vivir,
su derecho a la tierra, a la escuela,
a los dorados frutos de la salud.

En el palacio de gobierno un puñado de traidores
quiso encadenar al país.
Un puñado de ambiciosos creyó que la traición
apagaría las luces de la revolución.
No contaban con el pueblo,
un pueblo que nunca conocieron, un pueblo
que para ellos sólo era el objeto de la explotación.

Y el trece de Abril los traidores sonrieron ante la televisión.
Habían secuestrado al líder,
habían apresado al guerrero de la luz.
Por eso sonrieron ante las cámaras serviles y las serviles grabadoras.

Pero de pronto se sintió el rumor, el clamor,
el grito creciente e invencible del pueblo
que con sus trompetas tumbó las murallas del odio,
que con sus banderas derribó los muros del títere
que solo unas horas mantuvo en su atroz telaraña
a los que querían ser sus servidores,
a los que peleaban por ser los esclavos de la felonía,
a quienes pedían las migas inmundas de la torta inmunda,
a quienes querían entregar la patria,
vender nuestra tierra, vender nuestro cielo,
vender el petróleo y el agua y el aire y el alma.

El grito del pueblo sonó en los oídos de los conjurados
y el grito de leales soldados
que agitaron la enseña gloriosa
con que en los combates venció nuestra sangre.

Y por los pasillos del palacio huyeron ratas y ratones,
lechuzas y arpías
mientras resonaban los pasos del pueblo,
mientras se escuchaba el corazón del pueblo
que con sus latidos de lealtad y coraje
rescató a su líder, rescató a su patria
mientras el asombro del mundo miraba
la increíble gesta de un pueblo sin armas
que luchó y logró otra vez su derecho a vivir,
su derecho a cantar,
su derecho a pisar la tierra y a bailar
y sentir los rayos del sol que ilumina
a los combatientes del trece de abril.

FERNANDO LAMBERG